En 2022, traficantes de la zona lacandona, en el sur de México, consiguieron un trato insólito con el Ejército, la devolución de 100 kilos de cocaína a cambio de 33 militares que tenían secuestrados. EL PAÍS reconstruye el episodio, una ventana, en realidad, a un conflicto de 50 años en una de las joyas naturales de Norteamérica.
Pablo Ferri| Lacanjá | El País |Chansayab (Chiapas) – 01 JUN 2026 – 03:30. Todo en esta historia acaba por volver al Cabra. Todo acaba por llegar a él, Cabrero Segundo, el “famoso lacandón”, el patrón, un hombre mediano, de metro 65, tez morena, con su pancita, su barba y bigote de candado, y los tatuajes: una cruz en el hombro izquierdo y un jaguar en el derecho. Un sujeto peculiar. En la película que mandó hacer de su vida, eligió a un actor lleno de músculos que le sacaba 21 centímetros. En el apogeo de su poder, construyó una pista de aterrizaje clandestina para recibir cargamentos de droga a dos minutos de su casa. Aquella noche en que secuestró a 33 militares, los desarmó y desnudó –nadie olvida aquello en la selva–, pasó las últimas horas de la madrugada esnifando cocaína, delante de ellos, con un billete. El Cabra, un tipo con ambición.
Húmeda y tupida, la selva Lacandona rodea al personaje. Es su casa. Ahí ha vivido siempre, de manera bastante humilde, por lo que cuentan vecinos y viejos conocidos. Al menos al principio, cuando se ganaba la vida cortando xate, una palma ornamental que vendía al peso. Luego todo cambió. Una detención por cargar un arma sin licencia, un paso posterior de tres años por la policía de Chiapas… Y después, el éxito. Algún tipo de sabiduría vernácula alcanzó al joven Cabra, que en 2015 cuenta apenas 32 años. Hay quien dice que ya entonces controla el tráfico de migrantes en la región, la nariz de selva que México mete en Guatemala. Otros retrasan su dominio un año. Ninguno más de tres. A partir de ahí, su vida es una larga borrachera de poder que, por momentos, tiende al caos.
Existe una ventana que da precisamente a la cima de su reinado, un día de finales de 2022. Ahí aparece el Cabra, omnipotente. Nadie le lleva la contraria fuera de algunos de sus viejos vecinos, que le han conocido, que saben que viene de la nada. “Tú ahora eres muy poderoso”, le alcanzará a decir uno de ellos, “pero hasta los edificios más altos, si les tumbas una pata, se caen”. Todo un augurio. La policía le obedece, la fiscalía también. Los militares no se atreven con él. Y eso es precisamente lo que se ve a través de los cristales: el ejercicio de un poder sin límite. A la vista de todo aquello, la pregunta es cómo lo hizo. Cómo un buscavidas lacandón, que una vez no tuvo más patrimonio que un machete, llegó a hacer fortuna traficando personas, y luego también drogas, sin que nadie hiciera nada por evitarlo. La respuesta es el paisaje y el paisaje, un día en el calendario.
La ventana: 15 de diciembre de 2022. Minutos después del mediodía, el cuartel general de la 38ª Zona Militar del Ejército mexicano, con sede en Tenosique, Tabasco, registra una alerta aérea. Una avioneta no identificada está entrando en territorio nacional. Viene de Guatemala y antes de Puerto Lempira, en Honduras. Da vueltas, pasa por El Ceibo, en Tabasco; busca su pista de aterrizaje. Al final, después de varias horas, la encuentra. La avioneta ha tomado tierra en un camino abierto a machetazos en medio de la Lacandona, cerca del poblado Crucero San Javier. La Fuerza Aérea se pone en marcha. Poco después de las 18.00, dos helicópteros salen de dos bases distintas en dirección a la pista clandestina. Se hace tarde, la noche acecha. Aunque los militares lo ignoran, el Cabra y su gente acuden raudos a bajar la carga, cinco fardos de 80 centímetros de alto por 40 de ancho. Cada uno pesa alrededor de 20 kilos.
Se trata de blanquísima cocaína, uno de los productos más rentables en la historia de América, casi un cliché en las selvas de México y Centroamérica. En Colombia o Perú, producir cada gramo cuesta menos de tres dólares. En las calles de Nueva York, su valor se ha multiplicado por 20, 30, 40… Hay centros de acopio a lo largo de toda la ruta y Chiapas destaca entre ellos. En este 2022 que está por terminar, el estado sureño se lleva la palma: en ningún otro lugar de México las autoridades decomisan más cocaína que allí, superando las 10 toneladas. El siguiente estado con más decomisos, Michoacán, no llega a las cuatro. Los expertos toman esas cifras para proyectar cantidades traficadas totales, que siempre serán más altas.
En esa economía boyante transita el Cabra, que se ha construido dos pistas de aterrizaje en el barrio, una a tiro de piedra de su casa. Hasta hace unos años, usaba la de la hermosa zona arqueológica de Bonampak, la antigua ciudad maya, famosa por sus pinturas murales. Construida hace décadas para los viajes de arqueólogos y otros especialistas, el Cabra usaba la pista para bajar los fardos de cocaína. Incluso, cuentan vecinos de la zona, maniobró para expulsar a los trabajadores del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) de la zona arqueológica, y así evitar testigos incómodos. El INAH dijo que fue por culpa del crimen, en general. La realidad era que el Cabra no quería mirones. Preguntado por ello, el INAH prefiere no hablar del tema.
Ya es prácticamente de noche. En dos camionetas, el Cabra y su gente salen disparados de la pista de aterrizaje, cargando los costales de droga. Uno de los dos helicópteros les persigue. Los vehículos huyen por los caminos de la selva. Minutos más tarde, se separan. El helicóptero sigue al que carga los fardos, visibles en la batea. Poco después, la camioneta detiene su marcha. Los narcotraficantes bajan la carga y la ocultan entre los árboles. Luego huyen. El helicóptero, que ha viajado desde Tenosique, baja poco a poco. Un grupo de militares desciende con una cuerda. No se ve casi nada, pero ahí están los bultos que ubican y suben a la aeronave. La falta de luz les juega una mala pasada. El piloto baja demasiado y golpea un tocón con la panza metálica. Un susto. Con todos los fardos arriba, se elevan de nuevo y vuelven a Tenosique. Son las 20.15.
En la primera escena, una pistola dispara en primer plano. Luego sale el rótulo de la película, ‘Hombre de Valor’, con un subtítulo: “La selva te lleva a ser un guerrero”. Un plano aéreo de las ruinas de Bonampak sucede a la presentación. Y después ahí está el Cabra, el de ficción, metro 86, todo músculo, con su mujer y sus dos hijos, en la zona arqueológica. Los niños corren pirámide arriba y el Cabra de ficción dice, “no sé si aceptar, no es una decisión sencilla”. La pareja sigue hablando, luego hay un flashback y solo al final, la cinta vuelve a la escena inicial de Bonampak. El Cabra acepta: será agente auxiliar municipal. Es decir, el jefe de policía.
Hombre de Valor se estrenó en uno de los ranchos del Cabra, en la selva Lacandona, un día de octubre o noviembre de 2022. Estuvo un tiempo disponible en una plataforma de videohome, Canela TV, y después llegó a alimentar la parrilla de Cinelatino, un canal de televisión por cable. Nadie en la selva tenía una copia de la cinta, aunque muchos decían que la habían visto. La idea de un lacandón con su propia película alimentaba una leyenda un tanto estrambótica. En un mundo digital, de historias omnipresentes, el Cabra era el reverso tenebroso del éxito empresarial. Atraía lo mismo que repelía.
Vista aérea de la pista clandestina en la que aterrizó la avioneta del Cabra, en diciembre de 2022. Vecinos del lugar dicen que incluso usaron materiales del banco de grava local para construirla.
Lanchas en el río Usumacinta en Frontera Corozal, en Ocosingo, Chiapas, límite fronterizo entre Guatemala y México.
Una de las personas que accedieron a dar su testimonio sobre las dinámicas delictivas en la zona Lacandona.
Una patrulla de policía rural en uno de los caminos de la comunidad de Lacanjá Chansayab.
“¿Sabes quién soy yo?”
Desde las 19.00, diferentes convoyes del Ejército de tierra acuden presurosos al lugar del incidente. Lo hacen desde el sur, de bases distintas, y de una manera bastante desordenada. Las comunicaciones son difíciles en la selva, no hay señal y algunos de los mandos tienen que ir parando en tiendas, donde compran fichas para tener internet. Los primeros en llegar vienen de la comunidad de Frontera Corozal, una de las tres más importantes de la zona lacandona, junto a Nueva Palestina y Lacanjá Chansayab, muy cerca de donde vive el Cabra. Son solo seis militares en una Humvee y, por lo que ellos mismos contarán después, sus órdenes son simplemente llegar al poblado mencionado antes, “Crucero San Javier”, por un “alertamiento aéreo”. Nada más. Poco después de las 20.00, los militares se acercan al lugar. No tardan mucho en descubrir que se trata de una trampa.
El ruido de los helicópteros se deja sentir en la carretera. A dos kilómetros de que alcancen Crucero San Javier, junto a una estación eléctrica, los militares de la Humvee ven 15 vehículos estacionados a un costado de la vía. Enseguida, los 15 empiezan a seguirlos. La Humvee avanza y, cuando llegan a Crucero San Javier, ven un montón de gente, entre ellos policías de la Fiscalía estatal. La Humvee se detiene, intercambian unas palabras con los agentes. “Nos dicen que sigamos porque nos andan siguiendo”, explicará después uno de los soldados. Ellos hacen caso, continúan, un poco por inercia, porque en realidad su objetivo es llegar donde han llegado, Crucero San Javier. Pero en ese lugar no hay nadie de los suyos, solo el ruido del helicóptero y una amenaza creciente. Es difícil comprender qué está pasando, pero si algo han entendido, si algo intuyen, es que es mejor moverse de allí.
La Humvee circula unos minutos más. No saben a dónde van: escapar se impone. Pero la retirada termina enseguida, cuando una patrulla de la “policía de San Javier” se cruza sobre la carretera y les cierra el paso. La Humvee se detiene. Los 15 vehículos que les seguían les alcanzan. Se bajan más de 30 personas y se les acercan. Les rodean, amenazantes, y entonces uno de ellos, con su playera desgastada, sus bermudas y sus chanclas baratas, habla. Es el Cabra. Solo hace una pregunta, el resto de lo que sale por su boca son órdenes. La pregunta refiere al mando de los soldados, quién manda. El sargento que lidera al pelotón se identifica. El Cabra lo mira. No hay forma de saber si hay desprecio, rabia o simple molestia en sus ojos. Enseguida, le ordena que vuelvan al crucero, que los van a meter en el “chicle”, una cárcel comunitaria. Superados en número, los militares obedecen.
En Crucero San Javier, el intercambio continúa brevemente. El Cabra le ordena al sargento que llame a sus superiores y les diga que retiren los helicópteros de allí. Le molestan. Aprovechando que hay señal, el sargento accede. El Cabra dispone también que entreguen sus armas, a lo que el sargento y sus hombres se niegan. No importa: la gente del Cabra somete al mando fácilmente. Le dan un par de golpes, lo sujetan y le quitan el fusil y el portafusil. Los otros, adoctrinados, dejan sus armas en el piso. Los militares quedan retenidos por una multitud que engorda. El Cabra sube a un coche y se va. Tiene otro frente abierto con los fardos que el helicóptero está por llevarse.
La situación se complica todavía más. Otro contingente de militares, que ignora todo lo que está pasando, se acerca a Crucero San Javier. Vienen desde Benemérito de las Américas, más allá de Frontera Corozal. Son 22, circulan en dos vehículos y están bajo las órdenes de un teniente coronel, comandante del cuartel más grande de esa zona. Igual que los de Frontera Corozal, acuden a San Javier por el alertamiento aéreo. Son pasadas las 20.30 cuando los 22 llegan al crucero, donde una multitud creciente retiene a sus seis compañeros. Hay gritos, juramentos. La oscuridad, la sensación de poder, alimenta un cambio progresivo. La gente ya no es gente: es una turba. Cuando los dos vehículos llegan a Crucero San Javier, un Nissan Versa se les cruza en la carretera. Ya no saldrán de allí.
Para ese momento, los fardos de cocaína del Cabra vuelan en helicóptero camino a la base de Tenosique, sede de la jefatura del Ejército en esa zona del sur de México. Excitadísima, la gente del Cabra quiere resarcirse. Gritan a los militares recién llegados que no son bienvenidos, que ya lo saben, que allí se rigen por sus “usos y costumbres” y que no hay ejército que valga. Los obligan a que orillen los vehículos e insisten en que bajen y se desarmen. El teniente coronel trata de razonar. Les miente. Les dice que solo iban de paso, pero los otros no escuchan. Les golpean, les desarman. Alguno de los militares sometidos cuenta y dice que los otros son más de 90. Desde luego, 22 militares entrenados y armados podrían imponerse, pero sería una locura. Igual, si disparasen al aire un par de veces, la turba podría dispersarse. Pero, ¿y si no?
El crimen en la selva
En la vertiente oriental de Chiapas yace la selva Lacandona y, en su corazón, la reserva de la biosfera Montes Azules, una de las joyas naturales de Norteamérica. Desde finales de la década pasada y principios de esta, la parte de la selva que da a Guatemala se convirtió en un importante nudo logístico para el crimen organizado local.
Las tres comunidades
Lacanjá Chansayab, comunidad de los lacandones, es el corazón espiritual de la selva. Lacanjá, Corozal y Nueva Palestina se organizan desde hace décadas en una asamblea comunitaria, que en los últimos años ha sido algo disfuncional. El gobierno comunitario resiente los embates del crimen y de intereses de diferentes actores, públicos y privados.
Las coordenadas
Estos son los puntos más importantes del evento narrado en este reportaje. Arriba, junto a Crucero San Javier, figura la pista clandestina donde aterrizó la avioneta, en diciembre de 2022. Los narcotraficantes sacaron la cocaína en una camioneta y manejaron hasta el punto marcado abajo, en la comunidad de Lacanjá. El Cabra construyó otra pista clandestina en Bethel.
Pasadas las 21.00, una camioneta GMC blanca llega a Crucero San Javier. Allí está de nuevo el Cabra, que aparece con su guardia pretoriana. Está indignado, le hierve la sangre. De nuevo, hace una sola pregunta antes de soltar una retahíla de órdenes y de emprenderla a golpes con los militares retenidos. “¡¿Quién está al mando aquí?!”, grita. El teniente coronel levanta la mano. El Cabra se acerca. Le dice: “¿Tú sabes quién soy yo? ¡Soy Cabrero Segundo, el famoso Cabra!”. Acto seguido, le da un trompazo en la cabeza, tan violento que le tira los lentes. Animados por el jefe, sus secuaces la emprenden a porrazos con los demás. A uno de los soldados le agarran por los tobillos, desde atrás, y lo alzan, golpeándole la cara contra el suelo. En medio del caos, algunos de los militares aprovechan para escapar y refugiarse en la selva, donde pasarán toda la noche.
El Cabra sigue a lo suyo, brama, despotrica. Grita que les han disparado desde el helicóptero, que le han quitado sus paquetes de coca, que se los devuelvan. Uno de los militares retenidos recuerda una de sus frases: “¡Ahora ya sí valieron verga, me hicieron que me arrastrara como gusano, me quitaron mi droga, ahora sí los vamos a matar!”. Otro le escucha gritar: “¡Dañaron nuestras casas, hicieron que me revolcara, que me ensuciara, los vamos a quemar vivos!”. Y uno más escucha una última amenaza, que profiere uno de sus secuaces: “¡Hay que desvestirlos y quemarlos, hay que sentarlos en las hormigas!”. Eso propone, colocar a los militares sobre un nido de hormigas arrieras. Que les piquen, que les muerdan. Quemarlos luego.
La película parece a veces un musical, como La La Land, pero en la selva, con corridos en vez de baladas, y con traficantes de personas y migrantes traficados, en vez de actrices y pianistas que buscan el éxito. De hecho, la misma trama se asemeja a un corrido, porque glorifica el camino del Cabra, un hombre de valor, obligado a ser guerrero por las circunstancias; justo con los justos, despiadado con los traidores –de hecho, al traidor principal, el Cabra de ficción lo mata de un tiro, ya rendido, desarmado.
Una duda gusanea desde el principio: ¿cómo es que un criminal se manda a hacer una película? La pesquisa da sus frutos: la aventura comenzó con un corrido. Resulta que el cantante y compositor Jerónimo Aguilar, líder de Jerónimo y su Sentimiento Norteño, supo del Cabra, en algún momento, hace cinco o seis años, cuando estaba en la cima de su poder. Le contactó y le propuso hacerle un corrido. Y el Cabra dijo que sí. Y luego le propuso hacer un video del corrido. Y el Cabra dijo que sí. Y luego, por qué no, le propuso hacer una película. Y el Cabra dijo que sí.
Tres comunidades
En 2011, el año en que el Cabra ingresaba a la policía estatal de Chiapas, los Bienes Comunales de la Zona Lacandona, el enorme polígono de selva y tierras agrícolas que el Estado mexicano había donado a un puñado de familias 40 años atrás, empezaba a implosionar. O más bien lo hacía su modelo de gobierno, una asamblea de comuneros envuelta en cantidad de conflictos –invasiones, principalmente–, víctima además de un sinnúmero de desacuerdos internos, asediada por cantidad de actores foráneos, cada uno con sus intereses. La zona constaba de más de 600.000 hectáreas y desde 1977 el Estado había elevado la protección en más de 300.000, con la creación de la Reserva de la Biosfera Montes Azules, la principal mancha verde de la selva Lacandona.
Pasada la curva del nuevo siglo, la asamblea empezaba ya a mostrar signos de fatiga. Cuando el Estado donó las tierras, la idea era que los lacandones, que viven en Lacanjá Chansayab, las gestionaran y protegieran. De hecho, y pese a ser minoría respecto a otros pueblos, ostentaron durante décadas la presidencia del gobierno comunal. Pero con el paso de los años, otros dos poblados de la zona, Frontera Corozal, de mayoría chol, y Nueva Palestina, predominantemente tzeltal, crecieron y superaron por mucho a los lacandones. Problemas de límites y linderos entre las tres comunidades, de invasiones del polígono y de representatividad asamblearia convergían en una bomba de tiempo que no tardaría en estallar.
En la misma Lacanjá Chanyasab, corazón espiritual de los Bienes Comunales, años de intrigas y presiones habían desembocado en una división entre vecinos, algo habitual en decenas de ejidos de todo el país, pero especialmente grave en la lacandona, dada su riqueza natural. En 2011, la asamblea de todas las comunidades, respetando todavía los acuerdos iniciales, eligió a un lacandón, Chankín Kimbor I, como comisario, una especie de alcalde. En su mandato de tres años, el plan sería definir de una vez por todas los límites de cada comunidad, marcar el lindero de la zona de Bienes Comunales y evitar nuevas invasiones. “Lo que pasa es que al sector ambiental no le gustó”, dice Kimbor, que vive exiliado desde hace unos años en Nueva Palestina.
Kimbor incluye en esa expresión, el sector ambiental, a un enmarañado conjunto de organizaciones ambientales y sectores gubernamentales que, según él y otros vecinos consultados, torpedearon el objetivo de su mandato. No solo eso, trataron de dibujar una realidad alternativa, en que Kimbor y demás cargos de la asamblea querían destruir la selva, por algún interés oculto. Kimbor dice también que su administración había decidido “renunciar a los privilegios otorgados por el Gobierno al pueblo indígena lacandón a cambio de su sumisión”, lo que, a su entender, atacaba los intereses de los gobiernos y las organizaciones con las que trabajan. Sin el control que otorgan las subvenciones, explica Kimbor, peligraba su capacidad de influencia. Y eso no les gustaba.
Ese enmarañado conjunto de organizaciones ambientales y sectores gubernamentales, entre los que Kimbor incluye a funcionarios del gobierno de Manuel Velasco (2012-2018) y a la asociación Natura Mexicana, atrajo a su lado a parte de los vecinos de Lacanjá. Los compraron, según cuenta el líder comunitario. Les dieron trabajo, les repartieron subvenciones y les apoyaron con programas de desarrollo. Las decisiones de Kimbor no les gustaban: sabotearlo era una forma, para ellos, de mantener el control. Así, Lacanjá se dividió en tres. Por un lado, quedaron los que apoyaban al equipo de Kimbor; por otro, los que apoyaban a la maraña conformada por el gobierno y las organizaciones. Y luego estaba un grupo más o menos heterogéneo, que fluía cerca de unos u otros, pero que bastante tenía con sobrevivir.
Kimbor era partidario, además, de que choles y tzeltales accedieran, igual que los lacandones, a los puestos directivos del gobierno comunal. Para el grupo de lacandones opositores, aquello fue la puntilla. A sus ojos, Kimbor y su gente se convirtieron automáticamente en traidores. Y así empezaron a tratarlos desde entonces. Para acabar de complicar las cosas, las autoridades de Nueva Palestina y Frontera Corozal, comunidades que se dedican sobre todo a la ganadería, diferentes de Lacanjá, centrada en el ecoturismo, tampoco veían con buenos ojos al gobierno y a las organizaciones ambientales. Si a mediados de 2011 la situación era delicada, en dos años todo había saltado por los aires.
De 2013 a 2016, las amenazas contra Kimbor, su familia y el grupo de lacandones que le apoyaba arreciaron. Organizaciones que les han apoyado estos años, como Serapaz y el Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de las Casas, empezaron a hablar del grupo contrario como “grupo de choque”, dada su violencia creciente. El hostigamiento incluía amenazas de muerte, patrullajes cerca de sus casas al grito de “¡hay que quemarlos!”, robos, sabotaje a sus vehículos… Con el paso del tiempo, ese grupo de choque conformaría el grupo al servicio del Cabra, que había dejado la policía estatal en septiembre de 2013. Y el Cabra, más allá de las cuitas comunales, se convertiría en el principal líder criminal de la selva Lacandona.
EL PAÍS se puso en contacto con Natura para preguntar por los hechos en que se le señalan. Aunque una directiva de la asociación atendió a este diario, prefirió que no se incluyera comentario alguno porque “la narrativa construida está muy alejada de la realidad”.
“Me dijeron que la película le gustó mucho, que estaba muy feliz y que incluso gente de su familia lloró cuando la vio”, cuenta una tarde calurosa, en Ciudad de México, Arnulfo Reyes, el Cabra de ficción. La cita es en una franquicia de alitas de pollo, en Avenida Patriotismo, epítome de lo impersonal, del mundo homogéneo que pregonan las plazas comerciales. “Parece que ahí en la presentación de su rancho propuso hacer la segunda parte, lo que pasa es que luego ya lo agarraron”, explica. O sea, que lo detuvieron.
Fortachón y simpático, camisa negra abierta al último botón, lentes oscuros, cangurera amarrada a la pierna derecha, Reyes recuerda al Cabra como un tipo “educado y amable” durante el rodaje. “Claro, con los cuatro o cinco que venían con él era otra cosa… Se drogaban todo el tiempo, pero nunca vimos nada violento”, recuerda. En la práctica, el Cabra hizo de “gerente de producción” en los días de filmación. “Si faltaba gasolina, comida, una camisa, mandaba a sus muchachos”, cuenta. “También hizo un pequeño papel de sicario, del grupo contrario al mío”.
El chapinazo
En los últimos años de la década de 2010, cantidades crecientes de ciudadanos centroamericanos empezaron a tomar la ruta al norte, huyendo de la falta de oportunidades y de la violencia de sus países, sobre todo de Honduras y Guatemala. Intermediarios como el Cabra navegaban con éxito el río revuelto de las economías ilegales en la frontera sur de México, reflejo de lo que venía pasando en la frontera norte desde hacía décadas. El Gobierno federal, en manos entonces de Andrés Manuel López Obrador (2018-2024), centraba sus esfuerzos en Tapachula y la ruta del Pacífico. Pero en la selva, los oportunistas hacían y deshacían a su antojo.
Aprovechando sus relaciones familiares, Frontera Corozal se convirtió en uno de los centros operativos del Cabra: su esposa era de allí. Esperaba con su gente a los migrantes que venían de Guatemala en la orilla del río Usumacinta, los cargaba en vehículos y tomaba la ruta a Palenque, la ciudad más grande de la región, algo más al norte. “Por esa época, te hablo de a partir de 2018, 2019, yo calculo que solo por Frontera Corozal pasaban de 3.000 a 4.000 migrantes al día”, cuenta Esquivel Cruz, vecino de la comunidad y regidor en el municipio de Ocosingo. “Y del Cabra ya entonces se empezaba a escuchar que era el jefe, el dueño de la ruta”, añade. “Se repartían la ruta”, cuenta un vecino de Lacanjá, que prefiere que no salga su nombre, “por decir, los choles de Corozal trabajaban con los lacandones y sacaban a los migrantes hasta la carretera; de ahí, los lacandones los llevaban hasta Chancalá; y de ahí a Palenque, otros”, añade.
Mientras todo esto ocurría, avionetas cargadas de cocaína llegaban habitualmente a la selva Lacandona y aterrizaban en Bonampak. Los vecinos recuerdan, de hecho, un aterrizaje en mayo de 2021, parecido al de diciembre de 2022. La avioneta llegó de madrugada, frente al imponente conjunto de ruinas. Enseguida acudió un helicóptero del Ejército, pero la gente del Cabra sacó la mercancía y retuvo a los militares, al menos cuatro. Al final, el Cabra los soltó, pero se quedó con la mitad de la droga. “Luego, el general de Tenosique vino a ofrecer despensas, doctores y dentistas a cambio de que la devolvieran”, dice un vecino. El general en cuestión, que llegó por tierra, pidió la mediación del que entonces era comisario para acceder a Bonampak, pero no fue buena idea… “Me dijeron, ‘¿qué quieres, vivir o plomo?’, eso me dijeron. Yo le dije al general, ‘si ustedes no pueden, yo menos”, cuenta el comisario.
En Lacanjá, algunos no veían bien que el Cabra usara la pista de aterrizaje de Bonampak para bajar cocaína. Tampoco que usara la carretera regional para traficar migrantes. Pero fueron resistencias que no tardó en romper. “Convenció a muchos de que era mejor entrarle”, recuerda una vecina. “Traía a artistas para ganarse a la comunidad, de esos que le hacían sus corridos. Cada vez llegaban más avionetas, había mucho consumo de cocaína en la comunidad. Pero la gente decía, ‘es que ni el Gobierno nos da eso, nos hace sentir importantes’, eso decía”, añade. Con un negocio creciente, el Cabra necesitaba controlarlo todo, hacer de sus vecinos vigías y ayudantes. Era implacable con los que se negaban, con cualquiera que le llevara la contraria.
El gobierno comunitario de la Lacandona incordiaba al Cabra. Aunque, en teoría, la asamblea de las tres comunidades, Lacanjá, Nueva Palestina y Frontera Corozal, seguía funcionando, en la práctica cada una iba por su lado. Para 2022, uno de los hombres del Cabra se convirtió en subcomisario de Lacanjá y el mismo narcotraficante acabó fungiendo de agente auxiliar, controlando así el cuerpo de policía comunitario. “Pervirtieron las elecciones a la comunidad… [El Cabra] obligaba a firmar las actas en las que se elegían a las autoridades”, dice la vecina. En 2020 llegó la pandemia, un desastre para una zona antaño turística, con recorridos en la selva, rafting y visitas a zonas arqueológicas. “Eso obligó a mucha gente a trabajar con él, de mula, de halcón… Y los que no querían, los acababa de ahorcar económicamente”, añade.
A finales de 2022, poco antes del avionazo, El Cabra llegó un día a la asamblea y dijo que el Estado iba a mandar un nuevo cuerpo policial. No dio más detalles, pero al cabo de los días llegaron “cantidad de [camionetas] suburban, llenas de gente armada”, según la misma vecina. “Y en una reunión en San Javier, dijeron, ‘aquí nosotros vamos a cobrar a todo el chapinazo”, en referencia a los migrantes que venían de Guatemala, el país chapín. Esquivel Cruz, de Frontera Corozal, recuerda una reunión de esa gente con los taxistas de la zona: “Dijeron que cada paso por San Javier se cobraría a 700 pesos”. Un guía turístico dice: “No sé cómo pasó, pero llegaron los del norte y empezaron a cobrar. A las sociedades turísticas nos pedían 1.500 pesos a cada una”. Cada uno a su manera, todos relacionan a este grupo con el Cartel de Sinaloa. “¡Los veías ahí en San Javier, con su parche del cartel y su chaleco!”, dice Cruz.
La presión aumentó y aumentó. Los vecinos que no ayudaban al Cabra tuvieron que refugiarse. La extorsión se convirtió en la norma. Había conductores que transportaban turistas a Bonampak que ya no podían trabajar, por no querer ser vigías del Cabra. Por el mismo motivo, había vendedoras de artesanías que no podían instalar su puesto, y simples vecinos a los que no dejaban circular con su bicicleta… Reforzado, el Cabra trató de imponer su ley también en Corozal y Nueva Palestina, comunidades donde había agrandado su red, pero que mantenían cierta autonomía respecto al crimen. “En Corozal, obligaba a vender cocaína a los taxistas, en bolsitas con dibujos de sombreros y guacamayas”, dice Cruz. En todas las comunidades recuerdan que los castigos a los díscolos empeoraron. Ya no eran solo amenazas, eran palizas, tablazos.
Entre finales de 2023 y principios de 2025, la situación solo hizo que empeorar. En octubre de 2023, miles de vecinos de Corozal y Nueva Palestina se manifestaron varias veces contra el crimen organizado, con largas marchas en las calles. Lacandones cercanos a Kimbor, cuyo riesgo era mayor que el de sus vecinos, por la cercanía del Cabra, denunciaron ante la prensa incluso que el narco había tomado la selva Lacandona. Pero nadie hacía nada. Cruz recuerda que en Corozal había un destacamento de la Guardia Nacional que les pedía ayuda, ante la amenaza de una posible “invasión” del grupo del Cabra y sus cómplices. De nuevo, quizá una veintena de agentes armados hubieran podido defenderse de una agresión, pero, ¿qué hubiera pasado si un enfrentamiento hubiera dejado decenas de muertos en la mítica selva Lacandona?
Más allá de los hechos concretos del 15 de diciembre de 2022, el relato de este y los capítulos anteriores sobre el contexto de la zona de Bienes Comunales de la Lacandona se basa en entrevistas extensas con ocho personas, vecinas de Lacanjá, Frontera Corozal y Nueva Palestina, además de pláticas espontáneas con demás vecinos, en un recorrido de una semana por la zona, durante el mes de abril. Respecto a los entrecomillados que aparecen en estos capítulos, no atribuidos a nadie en concreto, corresponden a entrevistados que pidieron expresamente que su nombre no apareciera, ni tampoco datos que pudieran ayudar a identificarles.
En los días finales de rodaje de la película, a principios de 2022, el Cabra y uno de sus hijos –Arnulfo Reyes cree que era Agustín– tuvieron un accidente de tránsito en la selva. “Después de eso ya no vinieron, no se les veía. Sé que el Cabra se recuperó porque ya después me escribía de vez en cuando, muy amable, me decía, ‘amigo, espero que esté bien’… Yo sí vi una persona noble”, dice el actor.
No es que se convirtieran en amigos para siempre, pero Reyes guarda un buen recuerdo de él. “Cuando grabábamos, estaba viendo, feliz. Si le gustaba una escena, aplaudía. Después, preguntaba cosas de los micrófonos y así”, añade. Al final del rodaje, el Cabra y el Cabra de ficción se tomaron una foto, el primero cargando un fusil enorme. Arnulfo Reyes dice que el Cabra, hombre poco dado a las ostentaciones, le dijo que el arma costaba 200.000 pesos. Luego, cuando lo detuvieron, Reyes borró la foto.
Los corridos dedicados a ‘El Cabra, el jefe criminal en la Selva Lacandona
El compa cabra
Jerónimo Aguilar
Hombre de valor
Jerónimo Aguilar
El imperio del Cabra
Jerónimo Aguilar
El Cabra Vs. La Guardia
Jerónimo Aguilar
El amanecer
Ahí están, veintitantos militares –nunca queda claro cuántos escapan, o si lo hacen de verdad, pero nunca más de cinco– en una cárcel hecha de madera, en ropa interior, hincados. Mientras tanto, su jefe habla con su superior, el general Erwin Solórzano, comandante de la 38ª Zona Militar, en Tenosique. Según este último, entre las 21.30 y las 6.00 de la mañana siguiente, el general y el Cabra —a través del teléfono del teniente coronel— sostendrán no menos de 50 conversaciones. Más allá de detalles, el contenido de las llamadas es siempre el mismo, la propuesta de intercambio entre los militares secuestrados y los cinco fardos de cocaína decomisados. Solórzano maneja esta situación en la misma selva, a donde se ha trasladado desde Tenosique. Consciente del secuestro de su personal, en las siguientes horas convoca a casi 200 militares en la zona, preparados para lo que sea.
Mientras tanto, el Cabra y la turba siguen a lo suyo: los gritos, las amenazas. Hay un video de esa noche, que el grupo criminal graba mientras el teniente coronel pide ayuda a Solórzano. “Pedimos que se regresen los bultos que se llevaron”, se oye decir al teniente coronel, refiriéndose a la cocaína, “si no, nos van a quemar. Solicito a mi general para que devuelvan aquí esa mercancía al personal de San Javier”, añade. El fondo del vídeo es la tropa en calzoncillos, arrodillada, los ojos mirando al piso. Humillados. La cosa se pone peor, porque entre las 22.00 y medianoche, otro contingente de soldados llega a Crucero San Javier, desde una base todavía más lejana, más allá de Benemérito de las Américas. Son seis, como los de Frontera Corozal, y al salir solo sabían que tenían que ir en apoyo del teniente coronel. Al llegar a Crucero San Javier, como a los otros, les apresan a golpes y los meten al chicle.
La noche se convierte en un infierno para la tropa, que aguarda en aquella cárcel extraña sin saber qué será de ellos. Desde la medianoche y en las horas siguientes, además, algunos de los hombres del Cabra se meten al chicle y los retan. Los insultan. Uno de los militares, un teniente, dice incluso que lo agreden sexualmente. Según su relato, los hombres del Cabra se meten como dioses todopoderosos en la cárcel comunitaria. Uno de ellos se le acerca, le toca los glúteos y dice: “Este güerito me gustó”. Entre seis sujetan al militar de piernas y hombros, le empujan contra las maderas de la puerta y le bajan la ropa interior. Luego, le meten “un objeto por el ano, sacándolo y metiéndolo como tres veces”.
La negociación continúa entre el general Solórzano y el Cabra. En algún momento de la noche, el jefe del primero, el comandante de la VII Región Militar, le ordena que vaya a Crucero San Javier para “dialogar pacíficamente con los pobladores”. Pero no hay espacio para tal cosa, Solórzano sabe que llegar a San Javier sin un acuerdo es un suicidio. Y el acuerdo pasa por devolver los 100 kilos de cocaína decomisada. Esa decisión –esa capitulación, más bien– ocurre finalmente pasadas las 6.00 de la mañana. A las 6.40, el general y su superior hablan de dónde podría realizarse el intercambio. Se les ocurre Bonampak, en la pista de aterrizaje. Poco después, Solórzano le confirma al Cabra que hay acuerdo.
Camino a Bonampak
La zona arqueológica de Bonampak yacen a unos 20 minutos en carro de Lacanjá. Solo se puede acceder con los guías lacandones certificados para ello. En la pista de aterrizaje que hay junto a las ruinas, útil en el pasado para especialistas que estudiaban la zona, para turistas y, más tarde, para el Cabra y su gente, se dio el intercambio de militares por droga.
Con el trato planeando sobre la mesa, la gente del Cabra empieza a adoptar un tono más solemne. Mediada la madrugada, sacan a los militares del chicle, los meten en dos combis y los llevan a una casa en mitad de la selva, camino de Bonampak. El acuerdo torpedea el subidón de adrenalina de la gente del Cabra, su energía se resiente. Mientras aguardan en esa casa, a eso de las 7.00, el Cabra ordena a uno de sus hombres que vaya por un kilo de cocaína, de los que tiene por ahí guardados. El otro va y regresa con un paquete de cinta canela. El líder criminal ofrece a los militares, pero ellos se niegan. Él insiste, les dice, “para todos alcanza”. Entonces saca un billete, lo hace rollito e inhala.
Luego les dice a los soldados que se vistan, menos las botas. Mientras lo hacen, el Cabra empieza a manipular las armas requisadas. Acto seguido, le dice a uno de sus secuaces, “voy a ver qué solución me dan”. Si la cosa va bien, añade, los metes en las combis y esperas mis órdenes. Si no, zanja, ”rafaguéalos a todos dentro del cuarto”. El Cabra se va. A las 7:30, el general Solórzano se encuentra con él para concretar los detalles del intercambio. A los dos les parece bien Bonampak, al Cabra más que a nadie. Al fin y al cabo, es su territorio. Podría decirse incluso que hay cierta poesía en que el intercambio se dé justo ahí, donde empezó a recibir avionetas cargadas de cocaína, años atrás.
Con todo arreglado, Solórzano ordena a la base de Tenosique que mande el helicóptero con los fardos de cocaína a Bonampak. Ambas partes se trasladan allí. Acaba de amanecer y el cielo, tapizado de verde, conforma un mosaico irreal de hojas, sombras y colas de pájaro. Frente a la montaña que el pueblo maya convirtió en templo, hace 1.300 años, la gente del Cabra mantiene a sus prisioneros, a la espera. Es poco probable que tengan tiempo de pensar en las famosas pinturas murales del templo, que representan, qué ironía, a un grupo de cautivos del antiguo gobernante local. La aeronave llega a la zona arqueológica a las 9:56. Los militares se alistan. Sus compañeros bajan los fardos del helicóptero y la gente del Cabra se acerca a comprobar que es cocaína. No hay mayor problema, ni mucho más que hablar. El Cabra suelta a los militares, les devuelve sus armas y todos se van.
El relato del intercambio se basa principalmente en el expediente que inició la Fiscalía General de la República, en octubre de 2023, a partir de una denuncia de hechos presentada por los militares secuestrados. La denuncia fue turnada a la Fiscalía Especializada en Materia de Delincuencia Organizada. EL PAÍS pidió su versión a la Secretaría de la Defensa, pero no obtuvo respuesta.
Estas imágenes, incluidas en el expediente, muestran el intercambio de los militares secuestrados por la cocaína incautada.
Puro teatro
El 17 de febrero de 2025, más de 30 agentes de la policía y la fiscalía de Chiapas acudieron de buena mañana a Lacanjá Chansayab para detener al Cabra, pero este escapó. Los agentes iniciaron entonces una batida en la comunidad para capturar a sus principales colaboradores. Detuvieron a 20, pero el operativo acabó por convertirse en un problema para las autoridades estatales, por la cantidad de irregularidades que cometieron.
“Aquello fue puro teatro”, dice Rufino Gómez, abogado de varios de los detenidos. Aunque hay imágenes de los agentes aquel día en la comunidad, además de vídeos de las detenciones, los agentes contaron una historia distinta. Según ellos, se encontraron a los 20 en la carretera, a bordo de varios vehículos, disparando al aire. En el informe que rindieron al juez, no dijeron nada del Cabra, solo que habían detenido a esas personas, que casualmente ubicaban como parte del grupo criminal, porque justo se los habían encontrado, a todos juntos, cometiendo un delito.
Todavía presos, entre los 20 figuran cuatro policías comunitarios, que obedecían las órdenes del Cabra, el subcomisario de Lacanjá, parte igualmente de su grupo, y algún otro que varios testigos identifican como integrante de la red criminal. Según los dichos del abogado Gómez, de declaraciones de testigos y del testimonio de vecinos entrevistados, los demás, como mucho, “trabajaron obligados, de mulas o halcones”. En algún caso, incluso, parece que las autoridades confundieron a un padre con el hijo, del mismo nombre. Las mismas fuentes señalan que otros implicados nunca fueron detenidos, principalmente un hijo del Cabra, Agustín.
Pasados unos meses, a dos de los 20 detenidos les fincaron el delito de secuestro agravado, por el caso de los 33 militares secuestrados en 2022. A los dos, Moisés y Frankly Chankin, padre e hijo, se los llevaron al penal de máxima seguridad del Altiplano, en el Estado de México, donde siguen su proceso. A Frankly, los militares le acusan de perpetrar la agresión sexual al teniente. Sobre los otros 18, la Fiscalía de Chiapas buscó un acuerdo con sus abogados, en que rebajaba las acusaciones –atentados contra la paz, por disparar al aire– por cargos menores que les permitirían salir de prisión. Pero el rumor llegó a Lacanjá, muchos vecinos protestaron y el acuerdo se cayó de la mesa, cuenta Gómez. Las negociaciones continúan a día de hoy.
El Cabra fue detenido en Tabasco, donde se escondía, a finales de marzo de 2025. Poco después ingresó al penal del Altiplano, cárcel que ha alojado a figuras relevantes del crimen organizado, caso, por ejemplo, de Joaquín El Chapo Guzmán. Ahí ha estado desde entonces, acusado de secuestro. En los últimos meses, ha estado preocupado por su riqueza, en el punto de mira de las autoridades. Entre otras cosas, le inquieta el futuro de 130 vacas que una vez tuvo en un rancho de Frontera Corozal, ahora decomisado. Quiere saber si, en una de esas, puede recuperarlas: “¿Qué puedo hacer? ¿Hay manera de pelearlo con la Fiscalía? Atentamente, Cabrero Segundo”.
EL PAÍS se puso en contacto con la Fiscalía de Chiapas para preguntarle por los señalamientos de irregularidades en las detenciones de 20 personas presuntamente relacionadas con Cabrero Segundo, en febrero de 2025, pero no obtuvo respuesta.
Créditos:
Fotografía y video: Quetzalli Nicte-Ha
Edición visual: Gladys Serrano y Mónica González
Diseño y maquetación: Mónica Juárez Martín y Ángel Hernández